Antes del descubrimiento, en las tierras de Salta vivieron pueblos que alcanzaron culturas superiores. Esa tierra, regada con la sangre de tantos valientes que perseguían el sueño de la libertad, escondía en sus entrañas minerales y oro negro, y era pródiga en frutos tropicales.

Pero a esa tierra de clima soleado, en el siglo XVIII llegaron, de la mano de los jesuitas, las primeras viñas desde el Perú, las que echaron raíces “a cuatro leguas del pueblo de Molinos” en la finca La Bodega, hoy La Angostura, donde se cultivó 200 hectáreas de viñedos, ahora desaparecidos, propiedad que fuera sucesivamente de Indalecio Gómez (padre), de Juan Uriburu, Sanchez Isasmendi, Luis Patrón Costas, y hoy de Ramón Rodó.

Luego de aquella primera experiencia de los misioneros, vinieron otros pioneros en el arte del vino, como doña Carmen Diez de Frías, dueña de la bodega, “La Industria”, a mediados del siglo XIX; Tomás, Francisco y Basile Peñalba, propietarios de “El Recreo”; Silverio y José Antonio Chavarría en “La Banda” y “La Rosa”, todos de Cafayate, y doña Gabriela Torino de Michel, de Tolombón. 

Fue preciso que pasaran algo más de 100 años desde la proclamación de la Independencia, para que entre 1910 y 1920 los hermanos David y Salvador Michel buscaran tierras propicias para afincarse y probar suerte con algo que les entusiasmaba: elaborar vino. Así, adquieren a los hermanos Peñalba “El Recreo”, y antes de 1930 “La Banda” y “La Rosa” a los hermanos Chavarría. 

A partir de allí, la historia de las bodegas de Michel Torino, relata que al saber que estaban a más de 1.700 metros de altura, “las tierras más altas debían ser destinadas para las cepas más finas”. Eran la coordenada perfecta para lograr vinos únicos. 

Después llegaron más bodegueros y la cultura del vino se enraizó para siempre en Salta. Allí encontraron la altura óptima para los viñedos, terrenos con las pendientes soñadas, y un suelo de piedras y arena mojado por el agua que bajaba de las montañas. 

Con la experiencia de trabajar en los primeros viñedos de altura, los viñateros pudieron asegurar que anualmente 350 días de sol maduran los racimos. Y observaron la gran amplitud térmica de esa comarca, que en los días de verano se eleva a 38 grados centígrados y desciende a 12 durante la noche. 

Un circuito que une historia y bodegas

Cuando el vino y el turismo comenzaron a promocionarse juntos, nació en Salta la “Ruta del Vino”, circuito que comienza en la capital, cruza los pueblos históricos del Valle de Lerma, y culmina en Cafayate. 

Y luego de Chicoana, cuando el Valle de Lerma queda atrás, la Quebrada de Escoipe y la Cuesta del Obispo nos lleva hasta el Valle Calchaquí, que a los 2.280 metros de altura, muestra al pueblo de Cachi, junto a su nevado. 

En Cachi, tierra de los calchaquíes, están los viñedos que al igual que en Seclantás, producen vinos artesanales. 

Y después Molinos, pueblo del siglo XVII, donde además de vinos de altura y artesanales, está “Entre Ríos”, reserva de vicuñas, las ruinas de El Churcal y el Hostal de Molinos, residencia del último gobernador español de Salta.

Más adelante, Colomé, donde los viñedos maduran a 2.400 metros de altura, lugar donde se producen la variedad Cabernet-Malbec, y el vino frutado.

Y la ruta sigue por Angastaco, San Carlos y Animaná, pueblo donde don Virgilio Plaza, en la “La Perseverancia”, planta la primera variedad francesa.

Y finalmente Cafayate, rodeada de médanos de arena blanca, viñedos y bodegas y se participa en octubre de la Fiesta del Torrontés, que organiza la bodega La Banda.